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Raúl Parra Serva

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UNIVERSIDAD SIMON BOLIVAR 
DPTO DE CIENCIAS ECONOMICAS Y ADMINISTRATIVAS


Prof. Raúl C. Parra Serva 
USB. Dpto. Ciencias Económicas y Administrativas. Edif. EG, piso 1, teléfono: 906-3770 
E-mail: rparra@usb.ve
Celular: 0412-229-0730

Raúl C. Parra Serva

            Resumen.

            Introducción.

            El Rentismo en Venezuela.

            Shocks Externos y Volatilidad.

            Venezuela: Una Economía Abierta.

            La Sobrevaluación del Tipo de Cambio y los Síntomas de la Enfermedad Holandes.

            Perspectiva Histórica.

            El Gasto Fiscal en la Visión Rentística.

            Conclusiones.

            Notas Bibliográficas.

            Bibliografía.

RESUMEN

La renta de la tierra y la experiencia capitalista tienen particular y trascendental importancia en todo lo relativo al juicio que pueda hacerse sobre la economía venezolana.

La renta de la tierra, como expresión única, no tiene objetivamente confusión alguna, con el ingreso, desde el punto de vista del saber económico. A pesar, de que comúnmente su uso en idioma español pueda inferirse como sinónimo.

El uso del vocablo renta en vez de ingreso, en la literatura económica, que por vía de traducción se emplea, es una deformación generalizada, sobre el vocablo inglés income, en los países hispano parlantes. El término renta designa apropiadamente, sin duda alguna, la renta de la tierra (rent), por ello, en ningún texto moderno de economía existe la palabra renta como expresión económica en el sentido de ingreso, por tratarse de una expresión pre-capitalista de mayor uso en los textos de economía política para hacer mención de la renta de la tierra.

El capitalismo como orden social basado en la producción para el mercado hubo de superar en sus orígenes la constitución primitiva referida a la condición rentística. Éste es, sin embargo, por su propia naturaleza restrictiva, el rasgo funcional que por definición explica el tránsito de la sociedad venezolana a lo largo del decurso histórico a partir del descubrimiento petrolero en el país.

La postración del capitalismo rentístico era absolutamente previsible. Su resultado final estaba contenido de antemano en la premisa básica. El Estado rentista que se manifiesta con fuerza a través de la recaudación y distribución de la renta petrolera aseguraba tal desenlace.

La enfermedad holandesa, la sobrevaluación del tipo de cambio, la volatilidad y los shocks externos constituyen lados anverso y reverso de una misma moneda: la renta petrolera.

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INTRODUCCIÓN

La perspectiva principal desde la cual se abordará este ensayo será la renta petrolera como enfoque fundamental.

El Estado terrateniente, propietario del subsuelo, obtiene la renta a expensas de una propiedad territorial nacional.“En consecuencia, la renta de la tierra, es considerada como un precio que se paga por su uso, es naturalmente un precio de monopolio”1

La renta petrolera, en Venezuela, agotó toda posibilidad de aprovechamiento. El estamento político venezolano ya tenía conciencia de ello a mediados de la década de los cuarenta.2 La acumulación de capital, condición necesaria en la función de producción capitalista, no se cumple. Por ello, la realidad económica venezolana tiene en su naturaleza la ausencia de la presencia vital del crecimiento económico como solución de continuidad.

El destino de la renta siendo generalmente el consumo y no el de la inversión productiva afecta negativamente la acumulación de capital. La fuerza motriz detrás de la expansión de la economía, será siempre, en definitiva, la dotación de capital por trabajador. El crecimiento económico es naturalmente la consecuencia de incrementos permanentes en la productividad y ésta es lógicamente la expresión concreta de la acumulación, determinante básico en la formación de una tendencia de largo plazo como resultado permanente.

“La renta sustituye, pues, el requerimiento de la generación del excedente como condición indispensable para la inversión, y en tal sentido modifica el núcleo más fundamental de la estructura capitalista de producción.” 3

La visión rentística connatural a la perspectiva de corto plazo, se manifiesta en los shocks externos, la volatilidad, la sobrevaluación del tipo de cambio y los síntomas de “enfermedad holandesa”, que explican el desplazamiento de la producción entre transables y no transables provocado por cambios en el nivel del gasto doméstico. Los no transables son aquellos bienes que sólo pueden ser objeto de consumo, obviamente, en la economía en que son producidos, es decir, no pueden importarse ni exportarse, típicamente  los sectores de servicios, construcción, transporte interno. Los transables, son aquellos bienes que usualmente son susceptibles de exportación e importación, tales como los bienes provenientes de la agricultura, minería y las manufacturas.4

La renta petrolera, particularmente, se distingue por su dirección hacia el consumo, por la distribución de la misma por el Estado, definiendo “El capitalismo rentístico” como elemento fundamental de una visión rentística de la sociedad; “este capitalismo peculiar constituye el tema natural del pensamiento económico venezolano”,5caracterizado en estricto sentido como una forma de desarrollo capitalista nacional, causado por la presencia de un Estado perceptor de una renta internacional de la tierra, que se origina, fundamentalmente, por la propiedad de una materia prima, en nuestro particular caso de interés, el petróleo, que causa el provento rentístico.

El presente ensayo, desde la perspectiva del autor, considerando sus opiniones y conclusiones, plantea una propuesta relativa a la supresión de la renta de la tierra, a la luz de los acontecimientos que marcan un proceso histórico cuyos límites se aprecian nítidamente observando un punto de partida; la aparición del petróleo en Venezuela y, un punto de máximo desempeño, la etapa donde la baja absorción de capital ya no favorece el necesario e imprescindible proceso de acumulación. La experiencia del sistema capitalista demuestra la inconveniencia de hacer convivir la renta de la tierra, con su singular naturaleza, con la función de producción para el mercado.

El discurrir de la historia del petróleo en Venezuela y el pensamiento económico venezolano se dan prácticamente en un mismo tiempo. No existió pensamiento económico hasta que el petróleo le dio sentido y lugar.

El petróleo constituye en lo político y en lo económico el debate a lo largo de las décadas posteriores a la explotación de los primeros yacimientos. La vieja economía rural persistía hasta bien entrado el siglo XX. Con el florecimiento de la riqueza petrolera comienza a gestarse todo el raciocinio económico. Las cuentas nacionales y los primeros estudios formales de economía aparecen incipientemente en la postrimerías de la década de los años cuarenta. El Banco Central de Venezuela y la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela, aparecen como instituciones desde las cuales la presencia del petróleo tendrá en el discurrir económico objeto de reflexión sistemática.  

El colapso del capitalismo rentístico, se produce luego de haberse cumplido con la “modernización de la economíanacional”, entendida ésta como el desarrollo de una significativa tasa de capitalización humana, del avance urbanístico del país con especial localización en la franja centro –norte costera y de la creación de un mercado nacional con un alto poder de compra 6. Sin embargo, por ahora, esto no se cumple integralmente, en el sentido de que los logros del pasado con respecto a la modernización de la economía han perdido vitalidad. El obstáculo mayor es la persistente sobrevaluación del signo monetario con las terribles consecuencias que definen los síntomas de “enfermedad holandesa", con sus devastadores efectos sobre la producción de bienes transables y su impacto sobre el empleo, la inversión y el producto. Esto supone por determinada una economía desprovista de todo vestigio de modernidad y constituye la restricción que impide el tránsito hacia un capitalismo moderno.

Una economía moderna, tendría que poseer un desarrollo cuyo valor en términos de transformaciones suponga una superación de la congénita condición restrictiva, cual es la renta de la tierra, que el capitalismo incipiente logra vencer pero que permanece férreamente vinculada al sistema político y económico en Venezuela.

En una economía primitiva cuya vocación originaria es la agricultura, la propiedad terrateniente es acreedora de un tributo definido como renta de la tierra. La propiedad territorial y su usufructo se convierten, entonces, en la restricción que debe y en efecto logra superar el capitalismo. La competencia capitalista requiere que el monopolio de la tierra desaparezca para darle paso a la producción y a todo lo que ella entraña. La propiedad territorial no supone costo alguno, en la estructura productiva, según los fundamentos de la teoría económica y la experiencia histórica en los países desarrollados. En la economía venezolana la renta de la tierra es el tributo rentístico que impide el tránsito, desde una etapa que el capitalismo en sus inicios superó, hasta la fase de madurez institucional donde prevalezca la visión productiva del petróleo.

Una economía moderna, es por naturaleza, abierta, sin cortapisas, al mundo exterior y relacionado con éste más allá de la exportación de un producto básico, en nuestro caso y, por ello, aunque se trate de un sector de exportación tradicional, como el petróleo, tal característica no garantiza, como consecuencia del rentismo, un sector de exportación moderno y dinámico que propenda al desarrollo estable y sostenido de la actividad económica. La persistente y recurrente sobrevaluación del signo monetario interno se convierte, en razón de la maximización de la renta petrolera como supremo objetivo, en el mayor y definitivo obstáculo para la promoción de las exportaciones.

La captación de una renta “impropia”,7 por cuanto ésta es por su propia naturaleza, una renta propiedad de los ciudadanos y no del Estado, contradice todo vestigio de modernidad y, por lo contrario, alude a una situación primitiva.

Se pertenece más un pueblo asimismo cuando la renta de la nación les es propia y, en virtud de lo cual, la economía en esa sociedad está en manos de los particulares.

Cuando son los ingresos de los ciudadanos los que sostienen los gastos del Gobierno, las leyes de la República están en función de un Estado al servicio de éstos, y jamás la perversa situación en contrario que termina creando las condiciones que en definitiva destruyen las posibilidades reales de cimentar las bases sobre las cuales se construyen las dimensiones de largo plazo de una sociedad estable y, por ende, de una nación próspera y rica.

Adam Smith en su monumental obra “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, en el tratamiento que le da a las fuentes de ingresos que pertenecen particularmente al Soberano o la República, afirma:

 “El ingreso que en cualquier nación civilizada obtiene la Corona de sus propias tierras, aun cuando al parecer nada le cuesta a los ciudadanos, en realidad cuesta más a la sociedad que cualquier otro ingreso perteneciente a aquella institución”.8

 En este sentido, cabe razonar que la industria petrolera bajo régimen de propiedad estatal supone un elevado costo de oportunidad para la sociedad. La visión productiva se corresponde más con el raciocinio económico basado en el criterio de costo-beneficio. La visión rentística se compadece más con el criterio de la racionalidad basado en el objetivo inmediato.

La maximización de la renta petrolera mediante la contracción de la oferta es connatural al rentismo. El capitalismo rentístico requiere cada vez más de altos precios, en desmedro de la producción, para satisfacer una vocación centrada en la circulación doméstica de la renta, a la tasa de cambio conveniente a sus intereses inmediatos, con efectos sobre el empleo, la inversión y el producto.

Esta condición histórica restrictiva, de la renta de la tierra, en los orígenes del capitalismo, significa en El capitalismo rentístico, la existencia de “un peso muerto para la economía capitalista”,9 que reduce el espacio vital necesario para el intercambio y el sano desenvolvimiento del mercado, y en su lugar, privala distribución, como competencia exclusiva, por el Estado de la renta derivada de un bien no producido cuya contrapartida se deriva, más bien, del esfuerzo productivo internacional.

La experiencia histórica de la renta de la tierra va desde la etapa de la primitiva economía agrícola, con una participación sustantiva en la distribución del ingreso nacional, hasta la etapa de madurez del capitalismo, con una participación meramente adjetiva con respecto a la composición del ingreso nacional.10

La función de producción capitalista, rasgo esencial y constitutivo del sistema, requiere que la acumulación de capital genere el carácter de permanencia y, sobre todo, garantice la continuidad sobre la base de un desarrollo social estable. La acumulación no es posible en condiciones donde prive la restricción rentística del tributo sobre el uso de la tierra.

El capitalismo, por instinto de supervivencia, y la renta de la tierra son antinómicos por naturaleza.  

Las economías basadas en el capitalismo rentístico, como las economías de los países petroleros, miembros de la OPEP, que fundamentan sus expectativas de crecimiento económico sustentado en la maximización de la renta, pero básicamente en la propiedad de la renta proveniente del recurso, cuya propiedad ejerce el Estado, tienen como rasgos distintivos, la carencia de economías de mercado robustas y, por consiguiente, de la regulación económica, que en esas sociedades no se establece sobre la misma estructura sobre la cual descansa y se desarrolla el capitalismo, cual es el mercado en toda su dimensión. En estas condiciones la economía no está en manos de los ciudadanos sino del Estado, siendo del todo la renta petrolera, el tributo mayor que recibe el Estado, en forma de renta de la tierra. Su distribución y circulación doméstica crea la condición rentística que hace posible una relación de dependencia de los ciudadanos con el Estado. Esta circunstancia impide por su propia naturaleza conductas en los agentes económicos donde prive la productividad. Será entonces la distribución rentística la que prevalezca como objetivo, tanto del lado del Estado como de los miembros de esas sociedades.

Los países miembros de la OPEP, conservan características imperecederas e indeseables, cuyos ingresos consisten en las ganancias derivadas de la propiedad terrateniente, que sus gobiernos administran y vigilan, condición suficiente para convertirlos en estados nacionales que desarrollan aptitudes de comerciantes-importadores, no industriosos y, menos emprendedores.

La renta de la tierra, tiene la mayor significación en los países productores de petróleo, y el producto en esas economías está determinado por la condición rentística.

 “Todo el producto anual de la tierra y del trabajo de una nación o,  lo que es lo mismo, el precio conjunto de este producto anual, se divide de un modo natural, como ya se ha dicho, en tres partes: la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital...”11 Tal condición precapitalista, señalada por Adam Smith, se preserva a lo largo del tiempo y restringe el ingreso particular de esos pueblos o de los miembros de esas sociedades. Lacomposición del producto en la economía de mercado requiere que la renta de la tierra tenga una participación estadística insignificante. El Estado-propietario es a quién le pertenece, en realidad, la renta petrolera. Esta una vez percibida será distribuida atendiendo razones políticas de los distintos gobiernos de turno. El Estado adopta, entonces, un papel interventor en la economía, asumiendo labores propias de los particulares. Esta representación impropia es contraria a la importante función rectora de búsqueda de la eficiencia y la equidad. Y además, como afirmaba, igualmente, Smith, no será grande el Estado cuyo Soberano haga uso del tiempo para emplearlo en el comercio.

En tal sentido Asdrúbal Baptista, afirma “en la sociedad capitalista se admiten como legítimas únicamente dos fuentes de ingresos: de una parte, la propiedad, y, de la otra, el trabajo”.12  En consecuencia y con base a la fuente de donde provengan los ingresos recibidos, los miembros de toda sociedad serán propietarios o trabajadores, cuyas remuneraciones percibidas generan un derecho social legítimo, que respectivamente serán beneficios sobre el capital y salarios sobre el trabajo.

En este mismo orden de ideas y prosiguiendo con la línea de razonamiento de Baptista, sobre las fuentes de ingreso, se evidencia que tanto la propiedad como el trabajo tienen distintos cursos de acción y de contraprestación.

El trabajo recibe en términos de contrapartida un ingreso denominado salario.

La propiedad, sin embargo, acredita una remuneración, dado que se deriva de la posesión de un derecho legítimo sobre medios resultantes de la actividad humana, los cuales obviamente son producidos y sirven para la producción posterior y, se denominan, casualmente, medios de producción producidos; maquinarias, herramientas, plantas industriales, es decir, bienes de capital que han sido objeto, previamente, de la producción y continúan facilitando el proceso productivo dada su cualidad de factor capital. El factor capital (K) dentro de la función de producción, conjuntamente con el factor trabajo (L) son consecuencias, obviamente, de la acumulación capitalista.

La propiedad, no obstante, no agota su universo particular, de la propia naturaleza se derivan los medios de producción no producidos; como la tierra y el petróleo, los cuales no son consecuencia de acto humano alguno, sin embargo, son objeto de legítimo derecho de posesión, y concurren, igualmente, a la producción.

La propiedad, entonces, aunque es una sola, sin embargo, precisa de cabal discernimiento con el propósito de percibir, a la luz de la razón natural económica y atendiendo la particular naturaleza de la sociedad capitalista, el objeto de lo que de ella concurre a la producción.

Los medios de producción producidos son en esencia el factor capital, en toda función de producción universalmente considerada (Q = F (K, L) su correspondiente remuneración es el beneficio (rK). La producción puede definirse de varias maneras. Una función de producción es la relación que transforma los factores de producción, el trabajo y el capital, en bienes y/o productos.

Los medios de producción no producidos, cuyo uso origina “un precio de monopolio” denominado ‘renta de la tierra’, que se obtiene como contrapartida, conservan la particularidad constitutiva de servir en el proceso productivo más no de ser el resultado de la producción.

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EL RENTISMO EN VENEZUELA

En Venezuela, fiel exponente de la concepción del capitalismo rentístico, la propiedad por parte del Estado del subsuelo se deriva de la noción de lo público, por parte del Libertador Simón Bolívar, quién compartía con España, en ese sentido, la misma visión pero desde diferentes perspectivas.

Claro está, para el Imperio Español, las Ordenanzas de Minería de Nueva España, promulgadas entre 1784 y 1786 para los territorios conquistados, perseguían el objetivo, en su letra y en su espíritu, del logro con respecto al usufructo de la conquista.

Mientras, que para Bolívar, por supuesto, sólo se trataba de un acto de ley, aquel que se materializa en el Decreto de Quito en octubre de 1829, para garantizar y ratificar la inalienable e imprescindible propiedad del subsuelo por parte del Estado.

Este hecho le dio forma definitiva, en mi opinión, al capitalismo rentístico en Venezuela, puesto que sembró las bases para la posterior institucionalización, mediante reforma de ley a los efectos, una vez dado el hecho circunstancial del descubrimiento del petróleo, para que se produjera, en consecuencia, la Reforma Petrolera de 1943, en razón de la cual el Estado venezolano, en cuanto a dueño de los yacimientos, empezó a recaudar una renta de la tierra, con lo cual se dieron finalmente las condiciones que traban el desarrollo del sistema capitalista, que es connatural al desarrollo pleno de una economía de mercado. La circulación doméstica de la renta siguiendo patrones distributivos no cónsonos con la economía de mercado, la sobrevaluación del tipo de cambio, la mayor vulnerabilidad de la economía venezolana con respecto a los shocks externos, fueron los condicionantes básicos asociados a la recaudación rentística.

Las distintas fuerzas políticas que emergen, desde entonces, en Venezuela, a raíz de la aparición del petróleo, son la expresión de una  cultura rentista, que tendrá su protagonismo de primera estrella en el papel de un sector público poderoso frente a un sector privado minusválido, que es un tanto igual, por fuerza de los hechos, una expresión acabada de rentismo.

La clase media venezolana crece al amparo de la renta petrolera, adopta conductas propias de colectividades mineras; el desahorro es ley de vida. Sus posturas son militantes en el consumo excesivo. Como turistas ya es fama bien lograda en el exterior, desde los últimos años de la década de los cuarenta, como botaratas, hasta finales de la década de los setenta, como los indios ta-baratos. La sociedad venezolana es, sin dudas, expresión del rentismo.

En conjunto, la razón rentística, como mecanismo de retroalimentación, explica porque la sociedad en términos globales acepta una forma de organización social y económica que es contraria, por naturaleza, con las únicas posibilidades reales de construir un futuro en armonía con el desarrollo pleno de las capacidades que le son propias a la estructura capitalista.

La cultura del logro, propia de los países más avanzados, es también en esencia, diametralmente opuesta, al rentismo. Por ello, en Venezuela prevalece la cultura del poder.

Venezuela, fue desde antes del descubrimiento petrolero, una economía que descansaba sobre un sector tradicional y secularmente estancado, con escasas fuerzas como para producir un crecimiento endógeno, las secuelas de la guerra de independencia y de la guerra federal impidieron la formación del stock de capital y de los demás determinantes básicos para generar la condición de crecimiento económico sostenido de largo plazo. El país, salvo en petróleo, no tiene vinculación internacional decisiva en el proceso de acumulación capitalista y por consiguiente en la formación de riqueza.

En Venezuela, la condición rentística generó un crecimiento exógeno, dada la percepción internacional de una renta de la tierra, sin relación alguna con la economía doméstica, es decir, sin que esa renta tenga vinculación con la producción interna.

Las soluciones de largo plazo, necesariamente atadas a una óptica de largo recorrido, son por definición contrarias al capitalismo rentístico, por ello son absolutamente inexistentes puesto carecen de sentido práctico frente a la visión de corto plazo, que en efecto, sin duda alguna, caracteriza la mentalidad minera y lúdica propia de las sociedades rentistas, cuyos objetivos son siempre inmediatos.

La regalía procede en Venezuela, por defecto y necesidad fiscal, en absoluta correspondencia con el carácter de propietario, como el eje de la economía. Maximizar la renta petrolera, en términos de una mayor regalía exigida, es el objetivo mayor de la Ley de Hidrocarburos, satisfaciendo el espíritu de un Estado-terrateniente.

La visión rentística condena al país a una situación de atraso feudal superado por la mayor parte humanidad, en aquellas economías altamente desarrolladas donde la renta de la tierra tiene una insignificante presencia en la composición del producto.

El ejercicio de soberanía por parte del Estado como expresión de cobro de la regalía constituye por exceso, siempre, un desestímulo a la inversión. Una mayor regalía supone un costo por concepto de monopolio territorial, que afecta la inversión, desnaturalizando la estructura productiva y dificultando la competencia capitalista.

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SHOCKS EXTERNOS Y VOLATILIDAD

A la afluencia descomunal, sin comparación alguna con el pasado, de la renta petrolera a partir de 1973, cuando se da de hecho, en los países miembros de la OPEP, el control efectivo de la producción y, por ende, de la fijación de precios, que va a materializarse en el primer shock petrolero de importancia durante el año 1974, debe atribuírsele la razón fundamental, que en forma de causa dará la pista que pondrá en evidencia la vulnerabilidad intrínseca, desde luego, la certidumbre de ello era cosa sabida cinco lustros antes  y  la postración del capitalismo rentístico era su desenlace. La percepción súbita de una renta petrolera creciente inyectada a la economía doméstica, sin contrapartida con ésta, provocó durante la década de los ochenta, recesión, inflación, desempleo, crecimiento económico en promedio negativo e inestable, volatilidad del tipo de cambio y desequilibrios externos incomparables con la experiencia histórica.

La capacidad de absorción consuntiva de la renta, dados los límites físicos logrados con respecto a la acumulación de capital y a la tasa de capitalización humana referida al factor trabajo, será la marca limítrofe de la frontera de posibilidades de la renta en Venezuela. Un mayor poder de compra derivado de una renta petrolera creciente que no tiene respuesta en la oferta.

La renta petrolera creciente, que se multiplicó por nueve, entre 1943 y 1948, y que se expresó, respectivamente, en US$ 43 millones y US$ 389 millones,13 a través de la política fiscal, entendida ésta como el Presupuesto Nacional, tendrá el objetivo de  un aprovechamiento conveniente de los recursos petroleros, los cuales para los últimos cinco años de la década de los cuarenta, tienen efectos de importancia sobre la demanda agregada y, en consecuencia, en la aparición de una dimensión superior del mercado en Venezuela. Sin embargo, el problema estructural de fondo, la oferta ya se presenta como un cuello de botella. Por ello la demanda agregada interna de bienes transables se correlaciona con las importaciones.

La sobrevaluación del tipo de cambio y los síntomas de enfermedad holandesa, son las causas que impiden la formación de la oferta agregada, dada la inexistencia de la acumulación de capital, en Venezuela. La desinversión, como consecuencia directa de un tipo de cambio no competitivo y el rezago en la producción de los bienes transables frente a los no transables como resultado económico.

La renta petrolera será el hito histórico que marca la separación entre una economía, que va desde la década de los cuarenta, cuando el crecimiento era alto y estable y las tasas de inflación14 eran de las más bajas del mundo, cuya perspectiva histórica la perfila la renta creciente de la tierra, hasta la etapa donde los factores de producción: capital y trabajo, alcanzan el límite superior y dibujan una situación de alta inestabilidad macroeconómica y caída del PIB real, registrándose descensos en términos per cápita desde 1977, epílogo del shock petrolero de 1974, hasta niveles similares a los primeros años de la década de los sesenta, que se explica por el agotamiento de la renta petrolera para servir de fuerza motriz; dado el exceso de consumo sobre la producción y la aparición de shocks externos provenientes del mercado petrolero internacional.

En Venezuela, durante la década de los ochenta, los problemas macroeconómicos básicos han sido: recesión, inflación, desempleo y desequilibrios externos que alcanzaron proporciones desconocidas para el país.15

La década de los ochenta, será de un contraste, frente al pasado referido a las décadas siguientes a la aparición del petróleo, que se expresará de manera diametralmente distinta, el crecimiento será negativo e inestable. La inflación que se había mantenido a tasas similares y por debajo aun, en épocas distintas, de las registradas por los países con los que se mantenía el mayor volumen de comercio exterior, se disparó bruscamente y hasta muy por encima de la inflación externa, abriéndose una enorme brecha. El desempleo mostrará una dramática variabilidad a lo largo de la década. La volatilidad del tipo de cambio se manifiesta históricamente.

Venezuela, se muestra de manera protuberante, como un país volátil. El desempeño durante la década de los ochenta es fiel exponente de los shocks que impactan la economía desde 1974. La experiencia previa de1956, ocurrida durante los sucesos del canal del Suez, es incomparable con esta cruda realidad. La economía venezolana, desde entonces, es procíclica, afectada por shocks externos, cuya consecuencia directa son los efectos perversos que la volatilidad en los precios del petróleo puede infringirle.

En concreto, el gasto público es procíclico; la política fiscal es una correa de transmisión de esos shocks al resto de la economía, de allí la persistencia de inestabilidad y de déficit recurrentes y de dimensiones de importancia en las finanzas públicas venezolanas.

La política fiscal venezolana tiene relación de causalidad con la captación de la renta internacional, pero entre la economía doméstica y la renta misma no existe correlación. Siendo la renta, un elemento exógeno, El Estado capta lo que fortuitamente está dado por los mercados internacionales y su monto, nada tiene que ver con el proceso productivo doméstico. De tal modo, que su distribución no tiene correspondencia con el hecho productivo y solo es en la esfera política del Estado donde se establece como esa renta se asigna entre las remuneraciones a los factores de producción, es decir, salarios y beneficios.

Las exportaciones reales petroleras serán también expresión concreta de la incertidumbre asociada a la volatilidad presentando colosales fluctuaciones en ambas trayectorias, “favorables durante los setenta y desfavorables en los ochenta” 16

El alto componente rentístico cobra fuerza y expresión en la falta de sostenibilidad de la política fiscal.

El comportamiento del sector público ha tenido desde el shock de precios petroleros del año 1974, una conducta que se asocia ciertamente a la volatilidad de los términos de intercambio originada, casualmente, en los shocks de precios petroleros y, por supuesto, a la naturaleza de la política fiscal y al letal uso del tipo de cambio, en oportunidades, como ancla nominal de precios sacrificando la opción de promover un sector de exportación dinámico imponiéndole un alto costo de oportunidad al país, y en otras circunstancias, como mecanismo de corrección fiscal, en tal sentido la evidencia empírica tiene expresión en la realidad.

“Durante un período de veintisiete años analizado, el sector público sólo ha registrado equilibrios o ligeros superávit fiscales en nueve años, en correspondencia con los períodos de fuertes aumentos en los precios del petróleo (1974-75; 1979-80; 1984-85; 1990-91; 1996). Por el contrario, durante los años de relativa estabilidad o disminución de los precios del petróleo, se han producido déficit de magnitudes considerables”.17

 La necesidad de financiar los déficit fiscales condujo a un alto endeudamiento del sector público. El crecimiento excesivo del gasto público en los primeros años de la bonanza petrolera acaecida como resultado del shock de 1974, excedió la capacidad de gestión tanto del gobierno central como de la administración de las empresas estatales y de los gobiernos regionales. La bonanza petrolera conlleva un incremento en la oferta de divisas, que convertidas en bolívares, vía aumento de la oferta monetaria produce apreciación del tipo de cambio, se generan presiones en la demanda agregada vía el gasto público e incentivan, ciertamente, el nivel de la actividad económica, pero ejerciendo igualmente importantes presiones sobre el índice de precios, con clara y determinante presencia de síntomas de “enfermedad holandesa”, se condena la producción y por ende la exportación de bienes transables. Concluida la bonanza petrolera, y como resultado de la reducción de la demanda agregada y del rezago en la recuperación de los bienes transables afectados por la apreciación del tipo de cambio y los síntomas “enfermedad holandesa”, la actividad económica tiende a reducirse, generando efectos perversos sobre el producto y el empleo.

Cabe señalar, que el problema que ocasiona la volatilidad de los ingresos petroleros no puede ser parcialmente solucionada vía crédito externo dado que la disponibilidad de estos recursos es procíclica, por cuanto la mayor cuantía de ingresos petroleros provoca un aumento de las reservas internacionales y, ante la presencia de altos precios petroleros, una mejora del riesgo país viene acompañada por una aceptación transitoria en los mercados internacionales y, con ello, la posibilidad de obtener créditos externos, pero cuando esta situación se revierte se produce una carencia completa de financiamiento externo. En tal sentido, Hausmann afirma:

“De hecho en 1986, el ingreso petrolero en términos reales alcanzó niveles similares a los del período anterior al boom de 1973-1974. Por su parte, el movimiento neto de los capitales externos al sector público actuó procíclicamente, acentuando aun más el auge durante la década del setenta y profundizando la recesión en los ochenta”. 18

 Durante los ochenta y los noventa estos shocks externos y los desequilibrios económicos internos han hecho insostenible varios esquemas de políticas económicas exigiendo grandes cambios institucionales. Fenece el régimen de tipo de cambio fijo y en su lugar se da la implantación de un régimen de cambio múltiple en 1983, al cual le sucederá en 1989, un régimen de cambio flexible. Posteriormente a raíz de la crisis financiera de 1994 se impuso un control de cambio que fue levantado finalmente para el año 1996 implantándose un sistema de bandas cambiarias.

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 VENEZUELA: UNA ECONOMÍA ABIERTA

El análisis de la economía venezolana, pasa por el meridiano de considerarla ciertamente, tal como Hausmann19razona teóricamente dentro de los patrones de conducta referidos a una economía abierta, cuyos aspectos de estudio tienen una sustantiva significación. Por nuestra parte, entendemos que a la luz de la teoría macroeconómica de la economía abierta, tal apreciación es consistente. La apertura al comercio internacional es, por definición, clave para entender como se da la interacción de una economía con otra en los mercados mundiales. Las actividades son movimientos internacionales de bienes y capitales, que por excelencia, son la forma natural de actuación de la economía abierta. Las variables que explican los comportamientos correspondientes son: las exportaciones, las importaciones, la balanza comercial y/o exportaciones netas, los tipos de cambio y los tipos de interés reales.

Venezuela se caracteriza en razón de su desempeño económico, de acuerdo a las peculiaridades siguientes: tiene un sector tradicional de exportación, como el petróleo el cual constituye el necesario sector transable, por otra parte, existe, también, un sector de bienes no transables. Por la ausencia de un sector de exportación no tradicional, vital para la solución de continuidad en términos de crecimiento económico, que reduce sustantivamente la dimensión de la economía pero no la desconceptúaliza en su libre relación con otras economías de todo el mundo. Un sector moderno y dinámico de exportación requiere que la variable tasa de cambio, constituya objetivo de política económica; un tipo de cambio real de equilibrio es el determinante básico. El comportamiento del gobierno cuyas políticas fiscales tienen efectos sobre la demanda y, cuya conducta, particularmente en el caso que nos ocupa exige la observación pertinente sobre su financiamiento rentístico y sus efectos sobre la economía. El sistema financiero que explica el movimiento de capitales, donde se materializa la inversión exterior neta, cuyas variables más importante son, más allá de los riesgos económicos y políticos, los tipos de interés reales pagados por activos domésticos y extranjeros. Hausmann, en su razonamiento sobre las relaciones entre las distintas variables macroeconómicas, afirma:

“Si bien el desempeño macroeconómico de Venezuela en la década de los ochenta sorprendió tanto a los analistas como a los encargados de tomar decisiones de política económica, ciertos rasgos presentes en él son consistentes con los modelos fundamentales de la economía abierta.” 20

 Algunos de los cuales son; la relación entre las fluctuaciones del producto no petrolero y del empleo total; que pone en evidencia la correlación entre crecimiento económico y tasas de empleo altas, mientras caídas en la actividad económica afectan negativamente el nivel de empleo. La relación entre la demanda agregada interna y el producto; que nos indica una estrecha relación entre el producto no transable y la demanda agregada interna total. Mientras, en el sector transable la demanda tiene poca vinculación con el producto y una gran correlación con la importación. La estrecha relación entre el crecimiento del producto transable y el tipo de cambio real; destaca fundamentalmente que una de las variables determinantes que afectan la oferta es la competitividad externa del sector. “En períodos de alta competitividad externa (1968-74 y 1984-86), el producto transable creció a tasas elevadas mientras que en períodos de apreciación real o pérdida de competitividad (1978-1983) el producto creció a tasas muy por debajo del promedio histórico”,21 destacándose el vínculo entre producto y precios relativos, dado que en el sector transable el producto está determinado por los precios relativos. La relación entre el tipo de cambio real y el salario real; que nos muestra que el tipo de cambio real o competitividad externa del sector transable debe estar vinculado a su capacidad de contratar factores productivos a precios relativamente bajos, principalmente del factor trabajo, el cual constituye cerca del 70% del valor agregado en la economía no petrolera a juicio de Ricardo Hausmann. La relación entre la situación del mercado laboral y el tipo de cambio real; esta relación es consistente con la curva de Phillips (1958)22. Las bajas tasas de desempleo implican un exceso de demanda en el mercado laboral que hace subir los salarios y por esa vía tiende a apreciar el tipo de cambio real. Las altas tasas de desempleo producen el efecto contrario. La relación entre la inflación y régimen cambiario. Hausmann sugiere que el régimen tipo de cambio fijo mantuvo la inflación venezolana relativamente cerca de la internacional y, por el contrario, el abandono de este régimen cambiario coincide con un distanciamiento de la inflación interna con respecto a la externa. De acuerdo a lo que afirma Hausmann estos hechos apoyan la tesis según la cual, a mediano plazo, se cumple la Ley de un Solo Precio.23

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LA SOBREVALUACIÓN DEL TIPO DE CAMBIO Y LOS SÍNTOMAS

 DE LA ENFERMEDAD HOLANDESA

La enfermedad holandesa se manifiesta en forma de efectos desfavorables sobre las actividades transables que se rezagan frente a las no transables. Estos efectos son provocados por la fortaleza de la moneda como consecuencia de un mejoramiento repentino, regularmente de manera inesperada, de los términos de intercambio, como resultado de la percepción de una renta internacional, sin que ésta tenga contrapartida con esfuerzos productivos domésticos. Los precios petroleros, son entonces, causa y efecto. La renta de la tierra así generada, propiamente, por circunstancias meramente fortuitas en los mercados mundiales, da lugar a una sobrevaluación del tipo de cambio que, en definitiva, causa un mayor poder de compra externo que interno, con lo cual la oferta de bienes transables, dada la transferencia externa, se incrementa mediante la importación, por ello el producto transable no tiene correlación con la demanda agregada interna sino con la importación.

En condiciones meramente objetivas, el financiamiento de las importaciones requiere la afluencia de capitales foráneos, que posibilite el exceso de consumo que se deriva de un mayor poder de compra, habida cuenta la sobrevaluación del signo monetario. Si el financiamiento externo es, típicamente, de vocación portafolio supondrá un incremento, en el corto plazo, de las remuneraciones por concepto de réditos de capital, lo cual  incidirá negativamente en la manifestación del déficit, en cuyo caso las expectativas que se formarán los agentes económicos serán las de un ajuste mediante una caída del gasto con efectos drásticos sobre el nivel de empleo en la economía y, por supuesto, con serios y definitivos impedimentos para la entrada de capitales externos. El déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, necesariamente debe financiarse, agotada la vía del financiamiento externo, mediante el uso indiscriminado de la reservas internacionales. Si desde el lado fiscal, el gasto público es insostenible o no tiene correspondencia con la economía real comienza a vislumbrarse en el horizonte una crisis severa. Finalmente, la alternativa de una devaluación en términos reales, dada la magnitud del atraso cambiario y la dimensión del déficit de balanza de pagos, materializará en la práctica una grave conmoción económica, tal como México 1994 y Argentina 2000.

En Venezuela, un hecho básico contradice el natural comportamiento que sobre la cuenta corriente de la balanza de pagos ocasiona la sobrevaluación del tipo de cambio, esto es que, ciertamente, aunque se dan todos los síntomas de enfermedad holandesa derivados de un shock positivo de precios petroleros, la cuenta corriente frecuentemente se encuentra en equilibrio en razón de lo que se conoce como la paradoja cambiaria de la renta petrolera. “La anomalía se explica porque la relación cambiaria no refleja las productividades relativas de Venezuela con el resto del mundo, sino el peso de la enorme renta asociada a la venta internacional del petróleo (y no la mayor productividad de este sector)” 24, de lo que se trata, en definitiva, es que el abaratamiento de los bienes externos, resultado de una mayor capacidad de compra derivada del ingreso petrolero, frente al encarecimiento de los bienes internos fruto de la sobrevaluación, supone además que, en justa medida, el tamaño de la renta es mayor aun que el poder de compra que provee.

Venezuela, típicamente en la formulación de política económica, actúa como si los shocks positivos de precios, es decir, los mejoramientos de los términos de intercambio son condición de carácter permanente y, no tal como son, eventos transitorios, razón por la cual en medio de una bonanza petrolera se expande el gasto público, cuando la tendencia se revierte los niveles de gasto no son sostenibles y ello configura una crisis económica. Si por añadidura, se usa el tipo de cambio como ancla nominal de precios, es decir, si la sobrevaluación se convierte en un objetivo de política económica de los distintos gobiernos de turno, los efectos sobre la economía son perniciosos y devastadores.

Históricamente la experiencia venezolana tiene en la sobrevaluación de la tasa de cambio, una causa directa en la circulación interna de la renta de la tierra y una causa indirecta en la función de distribución interna de la misma.

La enfermedad holandesa, en Venezuela , se hace así imperecedera por necesidad fiscal. En tal sentido, afirma Baptista que, “en la sobrevaluación de la tasa de cambio, tiene la economía rentística un mecanismo eficaz, por pacífico y popular, para la distribución doméstica de la renta internacional.” 25

La existencia de la renta petrolera, inexorablemente, sobrevalora el tipo de cambio, sin embargo, la presencia histórica de este desequilibrio tiene algunas excepciones, en 1983 se liquida abruptamente el régimen de tipo de cambio fijo y se implanta un régimen de tipo de cambio flexible, con lo cual se atenúa el desequilibrio. A partir de 1989, es decir, entre ese año y 1990, la maxidevaluación ocurrida con la expresa intención del logro de un tipo de cambio real de equilibrio, anula el comportamiento histórico. Posteriormente, los conflictos distributivos atentan con éxito sobre la ejecución de un plan de ajuste macroeconómico y de reformas estructurales, sin antecedentes, que proponía una reestructuración económica que ponía el acento en la transferencia de recursos de la producción de no transables a la producción de transables y, por ende, la reversión de los síntomas de enfermedad holandesa y sus efectos sobre la economía.

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PERSPECTIVA HISTÓRICA

La renta de la tierra solo se justifica dependiendo de la dirección de su destino, si su domicilio se asienta en la inversión productiva, entonces, el tránsito desde una etapa primitiva hasta la esfera superior del capitalismo, es firme y sostenido por las fuerzas sociales inherentes a la estructura de producción para el mercado, por lo contrario, si su designio es la distribución sin contrapartida en el esfuerzo productivo, finalmente, la postración económica es el epílogo de una visión rentística de la sociedad en su conjunto.

En el decurso histórico del raciocinio económico venezolano, el petróleo es el actor principal, sin su presencia no comienza a revelarse la intención de pensar al país y su vinculación con la renta derivada de su explotación.

Venezuela, tiene en su memoria petrolera, en la mejor tradición de Baptista y Mommer (1999), en nuestra opinión, un examen histórico que propone una exégesis sobre seis décadas de debate político sobre petróleo, que en resumen asumimos como un testimonio que abarca desde las primeras concesiones petroleras que negaban inicialmente toda visión rentística atendiendo el modelo más moderno, en cuanto a legislación, en su tiempo, para inmediatamente obedeciendo razones prácticas derivadas de la falta de un conglomerado industrial nacional que aprovechara las ventajas referidas al uso de una materia prima que sirve de insumo fundamental, se optara por la afiliación rentística. Puesto el país, entonces, en esta situación, se planteó la discusión sobre quienes deberían ser los receptores inmediatos de la renta. En la disyuntiva, terratenientes particulares y Estado, la alternativa seleccionada fue, razonada como posibilidad de concentración y orientación hacia el logro productivo y de modernización del país, el Estado. Posteriormente, la labor exegética en continuo, discierne el debate histórico sobre la renta petrolera sobre la base de un discurso “sembrar el petróleo”. Este lema, puesto en escena por los actores de la época, tendrá dos visiones analizadas en la investigación aquí bajo comento. Una primera visión cronológicamente determinada entre los años 1936 y 1945 y, en lo esencial, su inversión productiva. Una segunda visión transcurrida a partir de 1945 y 1976, en resumidas cuentas, la reivindicación rentística y la nacionalización como última etapa de esta perspectiva histórica.

Como bien puede identificarse en todo momento observado, la conformación del capitalismo rentístico tiene, en la óptica de este ensayo, su concordancia en una visión totalizadora desde el punto de vista del destino de la renta, a saber, su distribución y circulación doméstica, no obstante, los distintos propósitos correspondientes a la primera y segunda visión.

La presencia determinante del Estado, en cuanto a propietario del recurso natural, en la industria petrolera hará de la reivindicación rentística su razón de ser.

La maximización de la renta de la tierra, privilegiando altos precios petroleros en desmedro de la producción, supone a mayor renta menos capitalismo, cada tanto menos cada tanto más se profundiza la postración económica.

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EL GASTO FISCAL EN LA VISIÓN RENTÍSTICA

El modelo rentístico, sin dudas, está agotado, postrado, finalmente colapsado. El país prácticamente en su generalidad, le es muy difícil la comprensión de tal afirmación. Es por ello, que ante bonanzas petroleras que se traducen en expansiones del gasto público, no se entiende cómo los resultados no son nada apetecibles. La renta petrolera y el desarrollo económico toman caminos diametralmente opuestos, distintos y he allí la profunda contradicción entre la renta de la tierra y el desarrollo capitalista. Podría afirmarse, entonces, sin temor a caer en exageraciones, que el gasto público venezolano es por naturaleza ineficiente, en el bien entendido, que el crecimiento económico debe tener solución de continuidad y la renta de la tierra no le sirve de fuerza motriz.

La política fiscal venezolana tiene determinante relación de causalidad con la captación de la renta internacional, no obstante, entre la economía doméstica, propiamente dicha, y la renta misma no existe correlación, es decir, siendo del todo la renta una variable exógena, el vínculo es absolutamente inexistente a la luz de las pautas que la teoría económica considera como loables. Esto es, que los aspectos distributivos que son, en esencia, lógicamente controversiales en el debate presupuestario, por cuanto su discusión determina las políticas de impuestos y transferencias fiscales, deben depender de las dotaciones de factores, incluyendo las capacidades individuales de generar ingresos, mejor aún, del acto humano de producir y de la propiedad de la riqueza acumulada, es decir, del necesario stock de capital en la economía. En consecuencia, la distribución de la renta, basada en las dotaciones de factores, está determinada, entonces, por el proceso de fijación de precios de los factores que, en una economía de mercado establece la retribución de los factores igualándola al valor de la productividad marginal. Por lo tanto, la distribución de la renta entre los miembros de una sociedad, en un mercado competitivo, depende de sus propias dotaciones de factores y de los precios de mercado tanto para los factores de capital y trabajo, cuyas retribuciones se dan en términos de beneficios y salarios.

En Venezuela la regla distributiva, es por defecto, una decisión del Estado- propietario en cuyo juicio no caben consideraciones, obviamente, de mercado. De tal forma que la distribución tiene en todo momento una dimensión política.

El alto componente rentístico cobra fuerza y expresión en la falta de sostenibilidad de la política fiscal. La voluntad política del Estado define la orientación  y calidad del gasto público, tal como debe ser, sin embargo, en el caso venezolano la distribución no se hace atendiendo criterios de mercado y, particularmente, la motivación es la reivindicación rentística.

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CONCLUSIONES

El petróleo, ciertamente, es una ventaja comparativa, siendo ésta la que destaca el actor político en Venezuela y sobre la cual se asocia la distribución de la renta de la tierra.

La ventaja competitiva sostenible a lo largo del proceso producción – comercialización debe lograrse desde la ventaja comparativa y ello requiere, fundamentalmente, de un comportamiento en armonía con la visión productiva donde la renta de la tierra se extingue fiscalmente, es decir, el cobro de la regalía le cede el paso a la producción y a todo lo que ella entraña.  El Estado-propietario y su visión rentística niega toda posibilidad de logro en tal sentido.

La propiedad, por parte del Estado, del subsuelo y por ende del recurso natural, crea derecho para el cobro de la renta que se expresa como la regalía, este hecho define a la sociedad en su conjunto. Los conflictos distributivos sobre la renta de la tierra, son básicamente disputas sobre transferencias fiscales, carentes de la ética de la economía de mercado, entre los distintos actores sociales, razón por la cual se genera un desequilibrio estructural en la distribución rentística que afecta las remuneraciones de los factores de producción en términos de beneficios y salarios.

El Estado puede seguir detentando la propiedad del subsuelo. Es loable que ello sea así para facilitar las labores inherentes a la exploración y explotación, tanto para las empresas inversionistas como para PDVSA. Sin embargo, los beneficios de las actividades petroleras tienen que ser propiedad de los ciudadanos, en razón de su necesaria e imprescindible participación en la empresa petrolera nacional. La circulación doméstica de los ingresos petroleros, siendo sus preceptores los agentes privados, no acarrearía efectos nocivos dado que su inserción interna se haría siguiendo patrones distributivos propios de la economía de mercado y no de la voluntad política del Estado.

La participación accionaria mayoritaria de los venezolanos en PDVSA debe darse sobre la base de un gran acuerdo nacional que permita estructurar, administrativamente, distintos fondos tenedores de acciones; de pensiones, de retiros y jubilaciones, de prestaciones sociales, de rescate de deuda externa e interna, de liquidación de pasivos laborales, de transformación del empleo público excedentario en derechos de la industria. Además, necesariamente, mediante el mercado de capitales se colocaría el resto del capital accionario minoritario en paquetes de baja significación decisoria que pueden constituir los distintos portafolios de inversión o fondos mutuales de bancos domésticos y extranjeros. La gigantesca capitalización de la industria petrolera serviría como multiplicador de la economía nacional.

La sobrevaluación, riesgo implícito en la renta de la tierra, está en la naturaleza intrínseca de la maximización renta petrolera, siendo del todo el provento rentístico extraño a la realidad productiva doméstica, su inserción interna desalineará el tipo de cambio, es decir, desviará su valor respecto a su nivel de competitividad. La privatización de la renta petrolera anularía fiscalmente la regalía y con ella la renta de la tierra.

De tal modo, que haciendo a un lado la discusión sobre el destino de la renta y las dos visiones que, en resumen, explican el debate político en torno al petróleo, la realidad histórica se expresa como el desequilibrio estructural del tipo de cambio, que define en su esencia el colapso del capitalismo rentístico venezolano. 

La economía venezolana tiene una enorme restricción que sobre el futuro impone la renta petrolera. La sobrevaluación encarece internamente la producción de bienes transables y abarata las importaciones. En este contexto, salvo las exportaciones petroleras, el país no desarrolla un sector exportador moderno y dinámico. En consecuencia, la inversión no tiene razón de prelación. El consumo es breve respuesta a las mejoras en los términos de intercambio y, en tal caso, la demanda agregada de bienes transables tiene correlación con las importaciones. La fuerza de trabajo, mayoritariamente, adquiere presencia en el sector informal y en el empleo público. Dentro de este marco, el crecimiento económico es inviable, de allí se deriva la colosal desproporción entre el tamaño de la renta percibida y sus débiles resultados.

La acumulación rentística más allá del tiempo donde logró un proceso acelerado de urbanización, de propender a una significativa tasa de capitalización humana y de crear un mercado nacional con alto poder de compra, no pudo mantenerse vigente dado que la renta posee en su intrínseca naturaleza, elementos contrarios en esencia a un desarrollo económico y social pleno y, en efecto, sostenible. Por supuesto, es menester acotar, una vez más, que en esa etapa de logros corría paralelamente el fenómeno de enfermedad holandesa presagiando el destino final del modelo económico basado en la distribución de la renta. Y, los logros del pasado, en términos reales, comienzan el camino de regreso. Su súbita vitalidad de ayer es hoy madura obsolescencia.

La economía venezolana adolece de un severo problema estructural, y toda política económica, que usualmente, ponga el énfasis en la coyuntura se aparta irremediablemente del camino hacia el futuro.

La productividad de un país justifica su nivel de vida. La productividad se define como la cantidad de bienes y servicios que puede producir un trabajador en cada hora de trabajo, en este orden de ideas, se puede afirmar que los países que disfrutan de un elevado nivel de vida les viene de su productividad, es decir, de la capacidad de sus trabajadores para producir bienes y servicios. Los determinantes básicos de la productividad se describen como el stock de capital físico o comúnmente el factor capital, entendido este factor de producción como la cantidad de bienes de capital; maquinarias, equipos, estructuras, etc, etc. El capital humano, como factor trabajo, se refiere a la tasa de capitalización en forma de conocimientos y calificaciones que obtienen los trabajadores mediante el proceso educativo, la formación para el trabajo y la experiencia adquirida. Los recursos naturales renovables y no renovables, tales como suelos, aguas, petróleo y minerales, aportan un peso importante en el proceso productivo y, sin dudas, constituyen un factor de producción. Sin embargo, el progreso tecnológico reduce considerablemente su importancia. La tecnología determina, de tal forma, la productividad con una combinación cualquiera de los factores de producción, que ésta efectivamente aumenta, si mejoran los conocimientos tecnológicos.

En Venezuela, la productividad está negada por el carácter rentístico del modelo. La función de producción de la empresa, en una economía de mercado, exige la acumulación de capital, dado que una mayor dotación de capital por trabajador afecta positivamente la productividad. Si no se produce el excedente, es decir, si el costo de lo producido no permite obtener el beneficio, las posibilidades de inversión para garantizar el crecimiento y, a largo plazo, un mayor nivel de bienestar económico, no se materializan.

La renta de la tierra, en Venezuela, una vez distribuida afecta los salarios reales, obviamente, de tal manera, por el tipo de cambio sobrevalorado, que éste propenderá a encarecer el costo del factor trabajo, que es el factor productivo con mayor peso en el valor agregado de la economía venezolana y, peor aun, la productividad siempre estará por debajo del salario real, dada la escasa dotación de capital por trabajador, con lo cual se impide el natural y necesario desenvolvimiento de la función de producción, tal como evidentemente, se da esta relación en toda economía productiva, en cuanto a que en el mercado de trabajo, la productividad por trabajador debe superar el salario real del mismo, para que se produzca el excedente del productor y en consecuencia la acumulación de capital que garantice el flujo de inversión.

La renta petrolera distribuida por el Estado-propietario, a la tasa de cambio conveniente para con los intereses políticos de los gobiernos de turno, tiene la particularidad de afectar el nivel de los precios internos de consumo, por cuanto los bienes adquiridos, mayoritariamente, mediante las importaciones se realizan a un tipo de cambio sobrevalorado, cumpliéndose el objetivo cortoplacista del único y verdadero dueño de la renta, cual es de abaratar los bienes de consumo, artificialmente, asumiendo el costo de sacrificar el futuro y, por defecto, el bienestar económico de la sociedad en su conjunto.

El futuro tendrá viabilidad económica, si la sociedad venezolana adopta actitudes, conforme a las cuales, sus decisiones de elección, entre un modelo económico postrado y el tránsito hacia una estructura social de mercado, pasan por el meridiano de reconocer el obstáculo histórico que representa la renta de la tierra y la reivindicación rentística.

El país debe escoger entre un modelo sustentado en el criterio de racionalidad basado en objetivos inmediatos; la visión rentística y un modelo fundamentado en el criterio de racionalidad basado en la relación costos-beneficios; la visión productiva.

La visión productiva niega toda política de precios OPEP, tanto como la visión rentística es contraria a la política de mayores volúmenes de producción.

La democratización del capital mediante la privatización de la renta petrolera tendría la bondad de favorecer el tránsito desde el capitalismo rentístico hasta la etapa superior de la economía de producción para el mercado. Un sector exportador moderno, diversificado y dinámico caracterizaría la economía venezolana del porvenir.

El Estado adquiriría las fortalezas fiscales necesarias para garantizar igualdad de oportunidades, mediante la dotación inicial de capacidades; podría transferir poder adquisitivo a través del gasto fiscal. Lo ideal es la transferencia referida a la dotación de capacidades para generar riqueza y, por ende, bienestar económico. La inversión en educación, salud e infraestructura básica serían áreas prioritarias. El preescolar sería la empresa estratégica por excelencia. La seguridad social una política pública de carácter permanente y sostenible. La compatibilidad entre eficiencia y equidad, respetando el funcionamiento pleno del mercado, sería el aspecto crucial de la política económica.

El impuesto sobre beneficio o sobre la renta como típicamente se le denomina sería para el Estado el ingreso fundamental, tal como lo es, ciertamente, en los países desarrollados. Una economía de mercado, próspera, generadora permanente de riquezas es siempre una economía altamente contributiva del fisco.

La supresión de la renta de la tierra sólo es posible en la privatización. Una economía rentística no tiene incentivos para tributar impuestos sobre beneficios o rentas. El Estado-terrateniente tiene preferencias, en cuanto a la generación de los recursos públicos, en la captación de la renta y, ciertamente, no en la tributación sobre la riqueza de los ciudadanos.

El rentismo se expresa, entonces, como un comportamiento social cuya estructura de incentivos la provoca el Estado. La condición rentística se correlaciona con el control de los petrodólares por parte del Estado.

La privatización de la renta petrolera lograría la dotación inicial para los agentes económicos. El fin de la renta de la tierra constituiría el preámbulo de un nuevo tiempo para Venezuela.

La enfermedad holandesa, la sobrevaluación del tipo de cambio, la volatilidad y los shocks externos serían a la visión rentística lo que el futuro posible sería en la visión productiva.

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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

                       


1 Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), pág. 140.

 2 Asdrúbal Baptista, Bernard Mommer, El petróleo en el pensamiento político venezolano, (Caracas: Ediciones IESA, 1999) pág. 40.

 3 Asdrúbal Baptista, Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. (Caracas: Ediciones IESA, 1997) pág. 82.

 4 Jeffrey D. Sachs, Felipe Larraín B, Macroeconomía en la economía global. (México: Prentice Hall, 1994) pág. 668.

 5 Asdrúbal Baptista, Bernard Mommer, El petróleo en el pensamiento político venezolano, (Caracas: Ediciones IESA, 1999) pág. 96.

 6  Ibid., pág. 67.

 7  Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), pág. 726.

 8 Ibid., pág. 725.

 9 Mommer, Bernard. Prólogo, Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. (Caracas: Ediciones IESA, 1997) pág. XXV.

 10 Asdrúbal Baptista, Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. (Caracas: Ediciones IESA, 1997) pág. 8.

 11 Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), pág. 239.

 12 Asdrúbal Baptista, Teoría Económica del Capitalismo Rentístico. (Caracas: Ediciones IESA, 1997) pág. 5.

 13 Asdrúbal Baptista, Bernard Mommer, El petróleo en el pensamiento político venezolano, (Caracas: Ediciones IESA, 1999) pág. 38.

 14 El índice de costo de vida, en promedio fue de 1,4 para 1950-1959, de 1,2 para 1960-1969, de 6,6 para 1970-1979. Fuente: Banco Central de Venezuela.

 15 Ricardo Hausmann, Shocks externos y ajuste macroeconómico (Caracas: Ediciones IESA, 1992) pág. 3.

 16 Ibid., pág. 4.

 17 García Osío, Rodríguez Balza, Marcano, Penfold y Sánchez, La sostenibilidad de la política fiscal en Venezuela (Caracas: Revista BCV, 1997) pág. 12.

 18 Ricardo Hausmann, Shocks externos y ajuste macroeconómico (Caracas: Ediciones IESA, 1992) pág. 4.

 19 Ibid., pp. 4-5-6-7.

 20 Ibid., pág. 4.

 21 Ibid., pág. 5.

 22 A. W. Phillips. Curva que plantea de manera dilemática la escogencia en el corto plazo entre inflación y desempleo. Esta disyuntiva correlacionada negativamente posibilita que la política fiscal y monetaria influyan sobre la demanda agregada.

 23 La Ley de un solo precio, supone que todo producto en un mercado unificado tiene un mismo precio, logrado mediante arbitraje, expresado en una moneda común a través de un tipo de cambio que convierta precios externos a internos y viceversa. Esta relación cambiaria es el tipo de cambio real.

 24 Humberto García Larralde, “Los desafíos de una política cambiaria para la competitividad en Venezuela” (Versión Preliminar. Faces-UCV, 1998) pág. 14.

 25 Asdrúbal Baptista, Teoría Económica del Capitalismo Rentístico (Caracas: Ediciones IESA, 1997) pág. 49.

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BIBLIOGRAFÍA

 

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