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Raúl Parra Serva

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UNIVERSIDAD SIMON BOLIVAR 
DPTO DE CIENCIAS ECONOMICAS Y ADMINISTRATIVAS


Prof. Raúl C. Parra Serva 
USB. Dpto. Ciencias Económicas y Administrativas. Edif. EG, piso 1, teléfono: 906-3770 
E-mail: rparra@usb.ve
Celular: 0412-229-0730

Raúl C. Parra Serva

            Resumen.

            Introducción.

            I. La Mano Invisible.

            II. El Mercado y La Ética.

            III. Conclusiones.

            Notas Bibliográficas.

            Bibliografía.

RESUMEN

El propósito básico de este ensayo es el de analizar, por una parte, la realidad material del mercado, del hecho natural referido al valor del cambio, que expresa la relación entre consumidores y productores, cuyo vínculo se establece en el intercambio que se da sólo bajo raciocinio basado en el egoísmo, es decir, en la búsqueda del propio provecho de quienes participan en las diversas transacciones y, por otra parte, las posibilidades ciertas que tiene la ética en el sentido de una inmensa fuerza espiritual en el ser humano, cuya expresión sería el altruismo, para de esta forma transformar desde adentro al mercado, sin necesidad de que una instancia superior, tal como el Estado, pueda imponerle al mercado artificialmente desde afuera los valores morales entendidos éstos como la adhesión al bien ajeno, por parte de oferentes y demandantes, aun a costa del propio.

Se le contrapone a la razón, a la lógica, a la naturaleza y a la concepción de todo a partir de los supuestos, la posibilidad de reivindicar la esperanza promoviendo el desarrollo infinito del espíritu.

El valor de cambio es la piedra angular sobre la que se sostiene la teoría económica y el desarrollo de la humanidad.

El logro espiritual constituye el mayor desafío del hombre, puesto significa como reto la comprensión de si mismo más allá del entendimiento y discernimiento de la naturaleza, del mundo exterior.

La economía del bienestar como la posibilidad cierta de influir éticamente en el mercado y, en tal sentido, promover la participación real, en la actividad económica, de la sociedad en su conjunto.

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INTRODUCCIÓN

El valor de cambio expresa en resumen la maximización de la utilidad de los consumidores, entendida ésta como el grado de satisfacción que le proporcionan las cestas de consumo en atención a sus propias preferencias. Y la maximización del beneficio de los oferentes, quienes aumentarán la producción, sólo sí la unidad adicional producida cubre sus costos y retorna la tasa de beneficio esperada.

Los agentes económicos interactuando en el mercado, maximizan sus utilidades para los cuales el egoísmo y el compromiso, con la búsqueda del propio provecho, operan como instrumentos fiables de navegación. Las actitudes altruistas que pretenden imponerle valoraciones morales exógenas al valor de cambio provocan verdaderas distorsiones en el mercado ocasionando situaciones de minusvalía para quienes al principio merecedores de simpatía se convierten en razón de ésta en minusválidos, para actuar frente a quienes se han entrenado en circunstancias de franca libertad sin condicionamientos en la conducta que operen contra sí mismo. La parábola Bíblica de enseñar a pescar un pez antes que dar el mismo en forma de obsequio, cobra realismo y similitud cuando pensamos que mejor prepara para actuar frente a un ente natural, como lo es el mercado, el compromiso consigo mismo que la simpatía interventora y reguladora e inhibidora de las habilidades para competir y maximizar beneficios; optimizando la participación en el mercado sobre la base de las utilidades marginales de los consumidores, es decir, por el lado de la demanda y de las productividades marginales de los oferentes, por el lado de la oferta. Ambas realidades expresadas en términos de valor.

De tal modo, que el valor de cambio constituye una realidad social alrededor de la maximización de la utilidad del consumidor y del beneficio del productor y esta circunstancia materializa al mercado. En una economía de mercado, las empresas observan los precios de los bienes y atendiendo tan vital información, deciden sus niveles de producción. Los precios reflejan el valor que los consumidores otorgan a las unidades adicionales, es decir,marginales.

El mercado es un hecho natural en una medida bastante importante, es decir, la participación de los agentes económicos está regida por condiciones innatas que definen sus conductas de actuación. Así mismo, el mercado constituye una única estructura global, en la cual las preferencias de los consumidores valorizan o desvalorizan determinados factores de producción. La necesidad de optimizar las utilidades y productividades marginales se convierte en el hecho decisivo, desde el punto de vista de la elección, para los agentes económicos. El criterio de racionalidad basado en el egoísmo tiene correspondencia con la optimización.

El Altruismo sería a la ética, entendida ésta como “la posibilidad de poner determinaciones libres en la realidad, esto es, la posibilidad de torcer el curso de una específica causalidad natural para imponer un curso que no deriva de ella”, 1 lo que el egoísmo es al compromiso, invariablemente, la conducta está condicionada por actitudes altruistas en distintos eventos del desenvolvimiento humano como por posturas que nos indican egoísmo y compromiso en favor de las preferencias individuales.

La ética como juicio de valoración del comportamiento en el mercado pierde sentido, si ésta supone cortapisas o diques de contención a la formación natural de los precios y a las preferencias del consumidor.

“Las restricciones éticas y morales sobre el comportamiento económico ejercen importantes efectos económicos, medidos en valores económicos positivos o negativos” 2, dependiendo por supuesto del origen económico de las normas éticas, si éstas se orientan en un sentido altruista sobre la naturaleza del mercado, afectarán precios y cantidades de equilibrio. Sin embargo, esto no supone el desconocimiento de orígenes no económicos en otros preceptos éticos o morales, tales como aquellos dirigidos a preservar el comportamiento social desde el punto de vista legal; el respeto al derecho ajeno, a la propiedad, a la vida, etc, etc. “Los estándares de bienestar de cualquier persona son resultado, en parte, de cómo se comporten las demás personas en sentido ético o moral”..3Se deduce que un mejor bienestar económico es aquel que se alcanza mediante el presupuesto del consumidor, sin que éste sufra menoscabo por efectos de intervención sobre los precios y cantidades de equilibrio, que impidan alcanzar las mejores cestas de consumo atendiendo plenamente, en ejercicio de libertad, las preferencias o gustos individuales.

El egoísmo como criterio de racionalidad económica aporta sólidas nociones sobre la conducta humana y este comportamiento interesado en la búsqueda del propio provecho produce el mayor bien social. Los agentes económicos egoístas, habitualmente se comportan como si fueran dirigidos por lo que Adam Smith  razonó comola mano invisible 4

Las normas éticas tal como las concibe James M. Buchanan, que proporcionan rendimientos positivos, tales como la ética del ahorro y del trabajo se distinguen diametralmente y de forma radical de aquellos preceptos ético-morales referidos a normas de altruismo e indulgencias reductoras o destructoras de valor. Buchanan ha demostrado que una ética del trabajo y una ética del ahorro tienen valor económico, “en el sentido de que cada uno de los participantes en la economía se beneficia de la presencia de esas actitudes éticas entre los demás con los que el participante espera interactuar en un amplio y complejo nexo de producción-intercambio”5

El altruismo entendido como la acción del Estado interventor, usualmente, derivando tal posición del ejercicio de propiedad de los medios de producción que por su naturaleza no les son característicos y actuando en consecuencia en contraposición con su función esencial por la de dador de beneficios no cónsonos con la misión propia de estimular la creación de valor, envilece su verdadera responsabilidad y le quita la necesaria majestad que éste debe conservar para garantizar el papel de rector y ductor en la economía y en los asuntos de la sociedad que por su naturaleza les son propios. La intervención reguladora en el mercado con fines altruistas que desconozca la realidad y el peso determinante del valor de cambio y en consecuencia imponga artificialmente la solidaridad y los valores morales, habitualmente trae consigo la pérdida de la sociedad en su conjunto; el colectivo y el Estado.

El egoísmo como el compromiso de satisfacer las preferencias individuales y la maximización de la utilidad están en la naturaleza de los individuos y del mercado. Su desnaturalización crea las distorsiones que impiden su crecimiento y con éste el de la propia sociedad.

El mecanismo de mercado es connatural con el compromiso egoísta, los mercados competitivos están restringidos sólo por las leyes necesarias que protegen la propiedad y el cumplimiento de los contratos, pero que no influyen sobre precios y cantidades de equilibrio, cuyas dimensiones son valoraciones de quienes participan en el intercambio, siendo así se maximiza el bienestar económico de todos los participantes en la economía, dada la distribución inicial de dotaciones, talentos y habilidades.

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I. LA MANO INVISIBLE

La expresión “la mano invisible” se refiere a la fuerza motriz que dirige y organiza la actividad económica con eficiencia y, fundamentalmente, descentralizada. El proceso económico entraba las dimensiones de producción, distribución y consumo, cuyas relaciones se establecen a través del mecanismo de los precios en una economía de mercado, donde las actitudes  optimizadoras de los agentes económicos son compatibles entre sí, en un entorno en el que, individualmente considerados, ningún actor económico; consumidor u oferente, tiene peso alguno frente al tamaño del mercado, en cuyo caso su influencia es nula.

El bienestar económico es el objetivo máximo que toda planificación tiene en su diseño de política económica, si se considera la eficiencia en la competencia imperfecta, se acepta que las condiciones marginales que rigen en esta situación contradicen normalmente los requisitos para alcanzar el óptimo económico en el sentido de Pareto6. En realidad, la igualdad entre el precio y el costo marginal que como resultado es deseable y absolutamente normal en condiciones de competencia perfecta, es muy improbable que suceda en competencia imperfecta. Además, en ambas dimensiones de competencia, se plantea el inconveniente de formular una función de preferencias sociales, dado que conspira para ello el teorema de la imposibilidad de Arrow, 7 el cual establece que, en general, no es posible construir preferencias sociales a partir de las preferencias individuales y lo que esto significa, es dificultad, en el problema de la agregación de las preferencias. En consecuencia en la construcción de una función social de bienestar, se debe pensar en un óptimo de segunda preferencia o teoría del second best8alcanzándolo en forma fragmentaria sobre la base de una función concebida a los efectos de la consecución del bien colectivo mediante la más conveniente distribución de las asignaciones y que ponga el énfasis en el carácter de simetría en términos de sus efectos en la distribución del ingreso y en el logro de la justicia, habida cuenta que el primer teorema de la economía del bienestar no tiene efectos sobre la distribución.

El primer teorema, entonces, sólo tiene interés si existe realmente un equilibrio competitivo y esto ocurre sólo si los consumidores y los oferentes son suficientemente pequeños en relación con las dimensiones del mercado, con lo cual ninguna de las partes puede influir sobre los precios y las cantidades de producción, por otra parte, el equilibrio del mercado puede no ser una asignación justa desde el punto de vista distributivo.

Ahora bien, considerando los verdaderos componentes de la política económica, cuales son la política fiscal y la política monetaria y su coexistencia programática en procura del bienestar, el diseño de la misma debe estar dentro del contexto del segundo teorema del bienestar con el fin de alcanzar la eficiencia pero igualmente la distribución.

El segundo teorema, en la economía del bienestar, instituye que bajo circunstancias especiales todas las asignaciones Pareto eficientes pueden lograrse a través del equilibrio competitivo y, además, que la distribución puede ser considerada un objetivo de política económica. “El segundo teorema del bienestar implica que pueden separarse los problemas de la distribución de los problemas de la eficiencia.” 9 La equidad distributiva y la eficiencia no están, en tal coyuntura, en contradicción.

Siendo así, el puente de tránsito, entre la eficiencia y la equidad, lo constituye el mecanismo de los precios. Estos desempeñan dos funciones en el mercado: la asignación y la distribución. La primera consiste en indicar la escasez relativa; ésta característica de los precios garantiza racionar los bienes que son siempre escasos a lo largo de la generalidad de la vida económica y permite que mediante la natural rivalidad, por parte de los demandantes o consumidores, las existencias insuficientes se asignen a quienes le conceden mayor valor. La segunda función determina la cantidad que pueden comprar los diferentes agentes de cada bien, los precios distribuyen los recursos productivos entre los diferentes sectores económicos, en situaciones donde se evidencia un exceso de oferta los precios emiten las señales que motivan las decisiones sobre hacia que otro sector de la economía deben dirigirse los recursos productivos en la búsqueda de nuevas oportunidades, esta sería “la fuerza motriz que se encuentra tras la mano invisible de Adam Smith.” 10

El segundo teorema del bienestar, se caracteriza fundamentalmente por fijar el criterio, conforme al cual, estas dos funciones de los precios pueden separarse. De tal modo que “es posible redistribuir las dotaciones de bienes para determinar la riqueza de los agentes y utilizar los precios para indicar la escasez relativa.” 11

El Estado puede transferir poder adquisitivo; dotaciones a los consumidores que no suponga interferencias en la formación de precios, mediante nocivas transferencias físicas, lo cual estaría en contradicción con la concepción de mercado. Lo ideal es la transferencia referida a la dotación de capacidades para generar riqueza y, por ende, bienestar económico.

El Estado garante de igualdad de oportunidades, en contraposición a las actitudes altruistas que persiguen resultados iguales, puede mediante políticas  económicas idóneas, dotar de poder de consumo a los agentes económicos, propendiendo a una alta tasa de capitalización humana sostenible en el tiempo. La educación garantiza una dotación inicial privilegiada. “La mayor parte de la dotación de casi todas las personas está formada por su propia capacidad para trabajar.” 12

Una economía de mercado, que no obtiene las necesarias condiciones marginales, puede llegar a una situación Pareto-óptima, mediante un sistema de impuestos y subsidios. “Los impuestos y subsidios unitarios se arbitran con objeto de obligar a los participantes del mercado a observar las condiciones marginales deseadas”. 13 Los impuestos y subsidios adecuados, que no afecten, en lo absoluto, los niveles de actividad económica, sirven para conseguir la distribución de la renta. El impuesto idealmente eficiente, en ese marco, es el impuesto directo de cuantía fija o sobre los beneficios, que, por definición, no ejerce efectos de sustitución, entre trabajo y ocio. El impuesto sobre la renta no crea desincentivos en la oferta de trabajo por parte de los agentes económicos.

La intervención estatal a través de impuestos indirectos de cuantía fija sobre las cantidades ofertadas o demandadas, interfieren en la formación natural de los precios y, ciertamente, alteran el equilibrio de mercado. Cuando se grava el consumo de un bien, obviamente, la demanda sobre la cantidad del mismo se reducirá en respuesta al aumento del precio correspondiente. En resumen, el resultado se explica como una disminución de la cantidad intercambiada, como consecuencia del impuesto, y en un aumento del precio del bien. La carga impositiva será pagada en una mayor proporción por aquella parte del mercado que menos pueda evitarla. Los consumidores y las empresas no pagan la totalidad del impuesto, si pueden trasladar parte de dicha carga a la otra parte del mercado, lo cual dependerá de las elasticidades de la demanda y de la oferta. Si la demanda, por ejemplo, fuese totalmente inelástica, los consumidores pagarían la totalidad del tributo.

Concretamente, una interferencia que afecte el funcionamiento natural del mercado conlleva a una situación tal que, la ineficiencia derivada es causa de un desmejoramiento de la sociedad en su conjunto.

La política económica ideal, entonces, debe utilizar los precios para reflejar la escasez y las transferencias de cantidades fijas de riqueza, mediante la dotación inicial como la educación, para alcanzar los objetivos distributivos. Estas dos decisiones que ponen su atención en la eficiencia y la equidad, son en gran medida obtenibles e individualmente consideradas según el segundo teorema del bienestar.

La distribución de la renta a través de la manipulación del sistema de precios es una forma sumamente ineficiente de redistribuir la renta y el bienestar causando efectos perniciosos en la economía. Así pues, siempre será preferible la redistribución en forma de cantidad fija, mediante el impuesto sobre la renta, a la manipulación de los precios que distorsiona la natural articulación del mercado con efectos sobre el empleo, la inversión y el producto.

En definitiva, la política económica debe promover la formación de mercados competitivos procurando la justa asignación a través del mecanismo del mercado. El Estado, al establecer las condiciones que hacen posible el mercado, obtiene mejoras paretianas en término de las necesarias condiciones de eficiencia y procura la equidad. Y se legitima la intervención pública en la redistribución del ingreso con el objetivo de proveer la dotación inicial adecuada en la sociedad, en cuyo caso, la consecución de equilibrio se realiza.

El equilibrio competitivo comprueba que toda asignación de equilibrio es eficiente en el sentido de Pareto. “La eficiencia económica garantiza que los bienes para el consumo –finalidad última de la actividad económica- sean los máximos posibles”.14 El equilibrio explica que los precios y los mercados no sólo son instituciones o reglas capaces de coordinar la actividad económica de forma descentralizada, sino que pueden hacerlo eficientemente, tal como se deduce del primer teorema del bienestar, no obstante, cualquier asignación Pareto eficiente puede obtenerse como un equilibrio competitivo mediante apropiadas transferencias de riquezas entre los consumidores, tal como afirma el segundo teorema del bienestar o teoría del second best.

De tal modo, que seleccionado un criterio adicional, cual es el de la distribución, que permita elegir como socialmente deseable algunas de las asignaciones Pareto eficientes, es posible conseguir tal resultado de manera descentralizada mediante una política de redistribución de la riqueza, que tenga la equidad como objetivo, pero sin ninguna concesión a consideraciones que afecten el funcionamiento del mercado.

El Estado puede a través de políticas redistributivas de la renta ex ante, respetando el mecanismo competitivo de asignación de recursos, es decir, el funcionamiento pleno del mercado, lograr la compatibilidad entre eficiencia y equidad.

El asunto de importante significación será en definitiva, cómo se pueden obtener las preferencias sociales sobre las asignaciones factibles para determinar lo que es deseable para la sociedad desde el punto de vista del bienestar.

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II. EL MERCADO Y LA ÉTICA

El valor del cambio tiene contenido en sí mismo la esencia del mercado, del hecho natural. El intercambio, producto de la relación del hombre con sus semejantes, identifica objetivamente el hecho social. Lo natural se define en lo social, y en tal sentido, los bienes y servicios tienen exactamente el valor que la gente le concede.

El valor es el resultado de las valoraciones individuales que se dan en el mercado. Las valoraciones sobre los diferentes bienes que se intercambian en el mercado no pueden ser modificadas cuando la talla de los consumidores y de los oferentes es pequeña con relación a las dimensiones del mercado. Las utilidades y productividades marginales, por el lado de la demanda y por el de la oferta respectivamente, se resumen en una estructura y ésta se traduce en la asignación de un único valor para cada bien y para cada factor productivo, que es el mismo para todos los consumidores y para todos los oferentes y que se impone a ellos independientemente de sus preferencias o valoraciones individuales.

Concretamente, esto resume, un mercado de competencia perfecta, donde la síntesis marginal es deseable, sin embargo, en competencia imperfecta es muy improbable que suceda la necesaria igualdad marginal entre costos y precios. La asignación en el mercado mediante el mecanismo de los precios se traduce en la eficiencia. Este objetivo es de ineludible atención, en ambas condiciones de competencia, y sobre el cual no caben en ningún caso consideraciones éticas, que atenten contra el funcionamiento natural, como intervenciones sobre el sistema de precios, por cuanto el daño es sumamente costoso para la sociedad.

La eficiencia es en definitiva la garantía de que estén disponibles para el consumo todos los bienes necesarios mediante la actividad económica.

El valor de cambio, independientemente, de la dimensión competitiva será siempre una característica intrínseca a todo mercado. La producción para satisfacer las necesidades humanas genera la transacción que define socialmente la relación entre oferta y demanda. 

La actividad económica se justifica éticamente en la producción para el consumo. El valor de cambio se deriva de la interacción entre la producción y el consumo. Las distintas valoraciones son elecciones libres y se dan en atención a las preferencias individuales sobre que producir y que consumir.

El valor significa relaciones, nada es “en sí”, sino en relación con todo lo demás, es decir, el valor no depende de las características intrínsecas de los bienes, que no son “en sí mismos”, sino de la valoración que lo demás hacen.15

El valor entendido como una relación entre bienes, expresa, mediante la correspondiente valoración de los agentes económicos, la fundamental noción de los precios relativos en la economía, es decir, el precio del bien X1 con respecto al precio del bien X2 y viceversa.

Los precios como mecanismos de asignación y distribución de recursos se imponen al individuo, cuando la oferta y la demanda, individualmente consideradas, son mínimas frente a la dimensión global del mercado, es decir, cuando los consumidores y los oferentes son suficientemente pequeños con relación al tamaño del mercado para que la valoración individual, meramente subjetiva, no tenga ninguna importancia. La influencia sobre precios y cantidades de equilibrio es nula. El mercado decide tanto los precios como las cantidades de equilibrio.

Ahora bien, un precio de equilibrio es una magnitud objetiva partiendo del hecho cierto de que exista un mercado competitivo. Sin embargo, el equilibrio competitivo puede no ser una asignación justa. Ello plantea la posibilidad de que se valore la equidad referida a la distribución de la riqueza y con tal propósito juegue un determinante papel el Estado como estructura rectora del proceso económico que envuelve a demandantes u oferentes, en fin a la sociedad en su conjunto. La generación del valor en la economía, en competencia imperfecta, se obtiene mediante eficiencia y equidad distributiva.

Una vez que opere en conjunto una política económica que procure la eficiencia y la equidad, los logros en cuanto a valor se establecen naturalmente. El valor de cambio, en consecuencia, como resultado del papel del Estado en condiciones de competencia imperfecta,  se expresará también como el compendio de las utilidades y productividades marginales; la interacción de la demanda y la oferta. La utilidad y la productividad relativas, siempre son ciertas en razón del valor de cambio y en términos de la relación que se establece entre las cantidades producidas de bienes y las cantidades demandadas de los mismos. En términos de la relación que se establece entre el ingreso marginal y el costo marginal y, definitivamente, en virtud de la evaluación que se deriva de las múltiples relaciones que se dan en una economía de mercado.

En definitiva, el valor, tanto de los bienes como de los factores de producción, lo establece el resumen de las valoraciones individuales. Un menor o mayor tamaño del volumen de las valoraciones será la exacta medida de un menor o mayor mercado. La competencia guarda estrecha relación directa con la amplitud de los mercados.

La globalización, en este sentido, propende a la ampliación de los mercados competitivos, el valor del capital y del trabajo operarían a través de las tasas de interés y de cambio, que son los precios de las transacciones internacionales. La economía abierta se distingue, fundamentalmente, por su relación con el resto del mundo. Los diversos intercambios se hacen alrededor del mercado de bienes y del mercado de capitales, donde los precios transaccionales son los tipos de cambio y los tipos de interés. Los equilibrios son absolutamente necesarios para los logros de competitividad.

El mercado garantiza la imprescindible relación entre los diversos agentes económicos, lo que permite se efectúen las diferentes transacciones y en consecuencia se genere valor. La realidad del mercado trasciende la voluntad de los que entran en relación. La creación de valor mediante las transacciones económicas garantiza que la relación se sostendrá en el tiempo. Siendo así, el  rol más importante de la humanidad, cual es de preservar la supervivencia de la especie, se subordina al hecho del mercado, es decir, la sobrevivencia del ser humano pasa por el meridiano del mercado y en la generación de valor hay una fundamentación Darwiniana que se expresa en la actividad económica.

El mercado, sin embargo, es también una construcción humana puesto parte de la  profunda necesidad de relacionarse, de allí su propia condición y la noción de que éste puede ser permeado por la ética. Emeterio Gómez la explica “La única posibilidad que tenemos de liberar fuerzas éticas capaces de enfrentarse al capitalismo se resuelve en una instancia superior: el desarrollo de una visión del Ser humano centrada en el carácter absoluto e infinito de su Espíritu, 16 refuerza más aun la argumentación en cuestión, “si el mercado fuese una realidad plenamente natural, las posibilidades éticas del hombre frente a él serían nulas.” 17

El planteamiento del Cardenal Ratzinger acerca de la necesidad de “liberarfuerzas éticas totalmente nuevas 18con el propósito de superponer la dimensión ética del Ser humano frente a la economía de mercado, tiene en la idea de Emeterio Gómez una opción conforme a la cual, el desarrollo de una visión del Ser Humano centrada en el carácter absoluto e infinito de su Espíritu sería capaz de tal cometido. Esa instancia superior, que apunta al logro trascendente de una dimensión espiritual del ser humano, se le impondría a la razón doblegándola para moldear el egoísmo racional para que derive en altruismo de mercado.

Frente a estos planteamientos, se ponen en evidencias algunos aspectos de interés. El valor de cambio es al mercado, lo que la humanidad es a la vida misma, en la medida que la economía se globaliza, en esa misma medida el valor de cambio se acentúa y profundiza el mercado haciéndolo aun más natural. La dura realidad luce inapelable.

Otra visión ética frente al desarrollo espiritual, la constituye la posibilidad de fomentar bienestar económico entendido éste como utilidad y satisfacción de deseos materiales, mediante normas éticas tal como las concibeJames M. Buchanan. Las cuales son importantes por el valor económico que representan para todos los miembros de la sociedad en contraposición a las normas de indulgencias y altruismo reductoras o destructoras de valor.19

Concretamente, el planteamiento ético frente al cuestionamiento radical de la concepción del hombre a partir de la razón. La imposibilidad de derivar el debe ser a partir del ser, aboga por la constitución del hombre a partir de la libertad; actuando libremente, es decir, en correspondencia con la actitud que pone en la realidad determinaciones libres. Sin embargo, estas determinaciones tienen que ser elecciones libres atendiendo preferencias y maximizando en función de precios. Lo contrario, si se trata de una imposición al mercado desde afuera, significaría un cambio de la realidad, en cuyo caso las falsas fuerzas éticas afectarían al valor de cambio con sus perversas consecuencias.

El planteamiento dilemático entre altruismo y egoísmo tendría que darse en torno al valor de cambio. Esto supone preguntarse sobre la singular presencia del valor del cambio y, por ende, del mercado tal como se conoce. Si el Estado impone falsos moralismos sobre el mercado, los intercambios garantes de la producción para la subsistencia serían, entonces, modificados en su esencia. Las relaciones entre el hombre con sus semejantes, en el mercado, serían supuestamente más en el plano espiritual que en el material. En cuyo caso el bienestar económico no estaría en relación directa con el valor de cambio sino con el “desarrollo espiritual”.  Esta falsa solidaridad pondría poner en peligro la supervivencia económica de la especie y en consecuencia, finalmente, los logro del Espíritu.

Si la razón, en definitiva, si priva sobre el espíritu, considerando que es en el plano material del mercado, donde se dilucida el dilema. Lo institucional sería aceptar el mercado como regla social, puesto es  un constructo humano, pero, igualmente, esfera natural donde la producción y el consumo, son en la misma medida en que rivalizan en términos de valor. En cuyo caso el egoísmo es virtud, en tanto y en cuanto, oferentes y demandantes operan satisfaciendo sus propios intereses y, finalmente, sin proponérselos implícitamente, terminan haciéndole explícitamente un inmenso bien a la sociedad. 

El “Second Best” sería, finalmente, el mecanismo ideal de actuación en el logro del bienestar económico para garantizar la justicia y  equidad como logro ético y, además, eficiencia como resultado deseable y cierto del equilibrio de mercado.

Amartya Sen, en este orden de ideas, reconoce en sus consideraciones sobre el “ Teorema Fundamental” 20importancia general y contenido ético, en su enfoque de un óptimo de segunda preferencia o teoría del second best, aunque bastante modesto. El óptimo de Pareto, en su opinión, no valora el logro social dado que un equilibrio competitivo es eficiente pero no, necesariamente, equitativo. Sin embargo, reconoce un atributo en la proposición, conforme a la cual, “todo estado social óptimo en el sentido de Pareto es un equilibrio perfectamente competitivo para alguna distribución inicial de las dotaciones.”21

La ética en cuanto a fuerza infinita del Espíritu, constituiría en la opinión de quienes sustentan el argumento de contraponer el egoísmo y el altruismo, la instancia donde se resolvería lo que el equilibrio del mercado no proporciona, la distribución del ingreso. La dotación inicial, condición necesaria en el óptimo de segunda preferencia, garantizaría igualdad en el intercambio.

Amartya Sen afirma, igualmente, que la segunda parte del “Teorema Fundamental” es bastante limitada por cuanto, haciendo abstracción del comportamiento egoísta y de las ventajas que proporciona el mecanismo de mercado dando buenos incentivos para que cada agente elija de forma apropiada y en atención a sus dotaciones iniciales, no existe un mecanismo comparable por el que las personas tengan un incentivo para revelar la información en la que se pueda basar la elección entre los estados óptimos en el sentido de Pareto y la organización de la distribución inicial adecuada. Además, señala que los mecanismos normales de asignación de recursos descentralizada no tienen tampoco ninguna utilidad para obtener la necesaria información de base, ya que actúan bajo el supuesto del “trabajo en equipo” por parte de los distintos agentes involucrados, y que por lo demás las decisiones distributivas suponen un conflicto entre los agentes.

Sen todavía avanza más y alega que, aun cuando se dispusiera de dicha información, la segunda parte del“Teorema fundamental” se utilizaría únicamente si fuera posible políticamente redistribuir los recursos entre las personas en cualquier forma que exigieran las consideraciones de optimalidad social. La viabilidad política se convierte en la cuestión fundamental cuando se trata de problemas tan vitales como los cambios radicales en la propiedad, puesto transformar la propiedad de los medios de producción es condición necesaria y previa antes de que el mercado se encargue del resto. Si no son posibles redistribuciones radicales de la propiedad, los movimientos hacia la optimalidad social global requerirán, según Sen, de mecanismos mixtos de un tipo no contemplado por el “Teorema Fundamental”.

Un mecanismo alterno, frente a tales argumentos, sería una dimensión social activa, tal como el Estado, sin la pretensión de poner determinaciones en el mercado, que supongan interferencias en la formación de los precios que afecten la eficiencia, puede contribuir al logro de la justicia y la equidad del mercado con fines distributivos.

Una dimensión ética superior del ser humano es al espíritu, lo que el primero y segundo teorema del bienestar son a la naturaleza, es decir, con los teoremas comprendemos e interpretamos y modelamos la realidad del mercado pero no podemos entender al espíritu. La posibilidad de transformar desde dentro al mercado sobre la base de superponerle conductas morales a la natural maximización del beneficio, no tiene mayor asidero en realidad. La eficiencia del mercado en la noción del óptimo de Pareto se justifica en la esencia del primer teorema. La ética, que se explica como el altruismo, se justifica en el espíritu y no en el mercado. La ética tiene en el óptimo de segunda preferencia una razón de ser. Nuevas fuerzas éticas, tales como la preferencia por la  educación, el trabajo y el ahorro, pueden expresarse a través de la política económica, es decir, mediante la ejecutoria del Estado.

La dimensión masiva del proceso, a través de la globalización, solidifica la realidad al extremo de hacerla muy difícil de modificar, tal como son la noche y el día, es decir, plenamente natural. Razón por la cual, en definitiva, de lo que hay que olvidarse es de la pretensión de transformar la economía de mercado desde fuera, imponiéndole forzosamente  la adhesión a los valores morales sobre la valoración en términos de la utilidad y productividad marginal.

El hombre se constituye socialmente en el vínculo que establece con sus semejantes y estas relaciones que son de intercambio se dan en el mercado, se supone que las acciones humanas reales que se desarrollan en el intercambio sólo se basan en el egoísmo, sin que las consideraciones éticas o los juicios de la economía del bienestar tengan ningún efecto sobre ellas. Sin embargo, si privilegiáramos en la teoría económica moderna las ideas de la economía del bienestar para que estas influyan en la economía predictiva, contrariando la situación imperante, cual ha sido la de que los resultados de la economía predictiva han influido en el análisis de la economía del bienestar, revertiríamos la situación de precariedad de la economía del bienestar y de la ética como valoración fundamental en el enfoque global económico.

Cabe destacar, tal como Sen lo señala de forma categórica:

 “si el comportamiento real de los seres humanos se ve influido por consideraciones éticas (e influir en la conducta humana es, después de todo, un aspecto fundamental de la ética), entonces, evidentemente, se debe permitir que las consideraciones de la economía del bienestar tengan algún efecto sobre el comportamiento real y que sean, por lo tanto, relevantes también para la economía predictiva”. 22

 Posteriormente, enfatiza:

“es evidente que si las consideraciones de la economía del bienestar afectan al comportamiento real, entonces la naturaleza de una economía del bienestar aceptable debe ser bastante importante para la descripción, la explicación y la predicción de los hechos económicos”. 23

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III. CONCLUSIONES

Una dimensión ética superior del espíritu por encima del supuesto estructural del “egoísmo”, prevaleciente en la teoría económica, que explica un único comportamiento dirigido a la maximización del propio interés, podría en un ejercicio pleno de la libertad humana superponer el hombre al mercado, en términos de la mayor importancia que tiene las normas éticas que proporcionan rendimientos positivos en la economía moderna.

La definición más aproximada, de una estructura de preferencias sociales pasa por el meridiano de un proceso de elección pública, obviamente, mediante un sistema de votaciones en régimen democrático, que determine las necesidades de provisión de bienes públicos por parte del Estado y la producción de bienes privados a través de la economía de mercado.

El Estado desempeñando la función rectora, reconociendo el comportamiento como una cuestión social puede identificar los distintos objetivos de los miembros de la sociedad valorando la interdependencia mutua, entendiendo que hay ciertas normas de comportamiento, que no tienen necesariamente un valor intrínseco, pero que son de una importancia instrumental para la consecución de los objetivos comunes.24

Sin embargo, esto no supone el desconocimiento de la realidad, es decir, la teoría económica como explicación del valor de cambio y la ética como justificación de la valoración social.

El Estado, privilegiando la estrategia cooperativa sobre la estrategia individual, debe promover las normas éticas referidas a la educación, al trabajo y al ahorro. La educación como la capacidad permanente para generar bienestar económico individual, satisface la maximización de la utilidad, pero, igualmente, propende a una alta tasa de capitalización humana y, en consecuencia, al  mejor logro social. Estas normas éticas cumplen una función económica, ciertamente, no destruyen valor. Lo crean y proporcionan rendimientos positivos a la sociedad en su conjunto.

La eficiencia del mercado y la equidad distributiva no están en contradicción, desde la perspectiva del segundo teorema de la economía del bienestar. La ética, entendida ésta, como un comportamiento social generalizado influido por normas promovidas por el Estado, produce rendimientos positivos. En cuyo caso, el Estado tendría un papel estelar contribuyendo de manera decisiva con los fundamentos de la economía moderna haciendo compatible ambos fines.

Ética y economía explicarían en propiedad el comportamiento social. Las normas éticas creadoras de valor justificarían la importante función del Estado en la distribución del ingreso en correspondencia con los patrones distributivos inherentes a la economía de mercado.

El valor de cambio justifica que las remuneraciones de los factores productivos; el capital y el trabajo se realicen en atención a su contribución con el producto y a precios de mercado.

La ética como valoración del logro social implica que la distribución ex ante del ingreso suponga la dotación inicial, en términos de la inversión en educación y de las mejores condiciones de vida para los agentes económicos.

Esta conducta, por parte del Estado, es diametralmente distinta y contraria a la intervención sobre el funcionamiento natural del mercado, que le impone desde afuera los falsos moralismos que destruyen valor. En tal caso, la ética de rendimientos positivos sería para la teoría económica, lo que la libertad al hombre.

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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS


1 Emeterio Gómez, “Dos Maneras de Ser”, Revista Cedice (Mayo, 1997), 17.

 2 James M. Buchanan, Ética y progreso económico (España: Ariel Sociedad Económica, 1996), pág. 13.

 3 Ibid., pág. 13

 4 Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), pág. 402

 5 James M. Buchanan, Ética y progreso económico (España: Ariel Sociedad Económica, 1996), pág. 69.

 6 El concepto de optimalidad en el sentido de Pareto fue expuesto por el economista italiano del siglo XIX Vilfredo Pareto. En esencia, las asignaciones son óptimas en el sentido de Pareto cuando no es posible realizar ningún otro intercambio mutuamente beneficioso.

 7 J. M. Henderson y R. E. Quandt, Teoría microeconómica (España: Ariel Economía, 1995), pág. 398

 8 La teoría de los óptimos de segunda preferencia sostiene que, si ante presencia de restricciones institucionales, al menos una de las condiciones Pareto óptima no puede cumplirse, en definitiva no es necesario que se cumplan los restantes requisitos de Pareto.

 9 Hal R. Varian, Microeconomía Intermedia (España: Antoni Bosch Editor, 1994), pág.524

 10 Robert H. Frank, Microeconomía y Conducta (España: McGraw Hill, 1993), pág. 45

 11 Hal R. Varian, Microeconomía Intermedia (España: Antoni Bosch Editor, 1994), pág.524

 12 Ibid., pág. 525

 13 J. M. Henderson y R. E. Quandt, Teoría microeconómica (España: Ariel Economía, 1995), pág. 388

 14  Juan Fernández de Castro y Juan Tugores, Fundamentos de Microeconomía (España: McGraw-Hill, 1992), pág. 352.

 15  Emeterio Gómez, “Globalización, Valor de Cambio y Valores”, Ponencia (Septiembre, 1997), pág. 1

 16  Emeterio Gómez, “Dos Maneras de Ser”, Revista Cedice (Mayo, 1997), 34

 17 Ibid., pág. 18

 18  Ibid., pág. 13

 19  James M. Buchanan, Ética y progreso económico (España: Ariel Sociedad Económica, 1996), pág. 15.

 20  Amartya Sen, Sobre ética y economía (España: Alianza Editorial, S. A., 1989), pág. 52

 21 Ibid, pág. 53

 22  Ibid., pág. 68

 23  Ibid., pág. 69

 24 Ibid., pág. 101

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BIBLIOGRAFÍA

 

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